El llamado – Africa

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Este post es continuación del post “Dios nos ama, no nos castiga”…

Yo llegué a Sudán del Sur en abril de 2006 con Médicos sin Fronteras. Aterricé con una avioneta Cesna en una pista de tierra en un pueblo pequeño al lado del Nilo. El paisaje era plano y árido y de un color caqui todo. La temperatura llegaba fácilmente a 45 grados centígrados en la sombra.Picture 108Después de 22 años de guerra civil el país estaba en ruinas. Por todos lados había vehículos de guerra destruidos. El campo estaba lleno de minas. La violencia saturaba todos los niveles de la sociedad. Había violencia entre pueblos, entre tribus, entre vecinos, entre hermanos, entre esposo y esposa, entre padres e hijos y entre niños. Había una epidemia de cólera. Era un infierno. Era perfecto. Yo necesitaba deshacerme del castigo de Dios e irse al infierno era un regalo de Dios. Yo estaba entre los primeros voluntarios que abrió las puertas de la misión de Médicos sin Fronteras en Sudán del Sur. Nuestra misión era reconstruir un hospital viejo que había sido destruido, para dar servicios de salud a los refugiados que regresaban a su pueblo, después de haber estado por años en campos de refugiados en Kenia y Uganda. Éramos un grupo grande de expatriados y entre ellos, había también una colombiana.

La colombiana

Liliana era su nombre y todos la llamaban Lili. Para mi sonaba muy lindo que tuviera el nombre de una flor (En inglés lirio se dice Lili). Ella era increíble. Era la mujer más bonita que yo había visto. Era muy inteligente y era muy divertido pasar tiempo con ella. Pero lo que realmente me cautivó, era su interés en otras personas. Ella estaba muy interesada en la vida de otros. Ella preguntaba y escuchaba y luego preguntaba más. No hablaba mucho de sí misma, solamente cuando alguien le preguntaba, ella respondía algo muy corto sobre su vida. En poco tiempo me di cuenta, que Lili estaba en Sudan por su larga historia de dedicación a la ayuda humanitaria, porque realmente estaba interesada en ayudar a aquellos que no podían ayudarse a sí mismos, porque ella sufría en carne propia, el sufrimiento de las almas en este mundo.

Ella era una flor Hermosa, y como el ser humano estúpido y codicioso que soy, hice lo que hacemos cuando encontramos una flor Hermosa, la arranqué. No podía dejarla sola, tenía que tenerla. Un día, en una fiesta en la que todos íbamos a acampar en la farmacia de nuestro campamento, como un milagro, Liliana y yo nos quedamos solos. Nos recostamos cada uno en nuestro colchón, el cual habíamos traído porque todos íbamos a pasar la noche ahí. Estábamos hablando y como nadie más regresó con su colchón, pasamos la noche juntos. Nuestra primera noche. Todavía me lleno de un sentimiento de deseo y de amor cuando pienso en esa noche. Ella era perfecta, delicada como una flor y a la vez fuerte como un árbol. Hermosa y con un carácter muy fuerte.

Pronto después de aquella noche volvimos a encontrarnos en mi carpa. Hacía tanto calor que sudábamos mucho. Tal vez era nuestra pasión. Teníamos que hacer mucho silencio porque no queríamos que nuestros compañeros se enteraran, y después de eso cada noche, Liliana llegaba en silencio a mi carpa. Cuando la temporada de lluvias llegó, nos acostábamos abrazados dentro de mi carpa a escuchar la lluvia. El infierno se había convertido en el cielo.

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